Wednesday, January 23, 2013

EXTRANJERO EN SU TIERRA: EL RETORNO DE UN COLOMBIANO - IX



Día 9: De Paseo En Los Alrededores de Medellín

Cual manchón de colores en la grama
Vese la grey que pace a la ventura…
Antonio Gómez  Restrepo

La gente de Medellín ama con pasión las tierras que rodean la ciudad y les parece poca cosa viajar a dos o tres horas de distancia para ver el paisaje. Y en contraste con la arquitectura metropolitana, fea y funcional como es, hay en el vecindario pueblitos famosos por la belleza de sus construcciones coloniales y republicanas, agradables a la vista, con una vida social centrada alrededor de su plaza principal –casi siempre llamada plaza de Bolívar, como en casi toda Colombia, donde el culto al Libertador es tan intenso como en la vecina Venezuela, más popular si se quiere pero menos sujeto al uso y abuso de los partidos políticos y los gobernantes- donde abundan los restaurantes familiares, las heladerías y los bares abiertos a la calle.

El pueblo de San Pedro, al norte de la ciudad, es uno de esos destinos de turismo local a donde fui a pasar un fin de semana en la casa-finca de un amigo. Asentado en una meseta más alta sobre el nivel del mar que Medellín, con su clima frio, las colinas relativamente suaves y las tierras que responden   favorablemente al abono orgánico procedente de las porquerizas  que allí se han establecido, San Pedro está rodeado de hatos lecheros que surten las pasteurizadoras y fábricas de derivados lácteos de Medellín. La carretera que lo une a la ciudad tuvo aceptable mantenimiento en otras épocas, cuando era la vía de salida hacia Urabá y la costa atlántica. La gobernación del departamento la ha abandonado desde cuando se construyó una va alterna que ni usan los vehículos pesados ni ha reducido el volumen  de carros circulantes, en consecuencia su deterioro es notorio y en muchos lugares hay socavamiento, grietas y desgaste de la calzada lo que daña los vehículos que circulan por ella y reduce su velocidad notablemente, todo ello a pesar de un costoso sistema de peajes que la burocracia oficial justifica por los costos de reparación.

El viaje a San Pedro lo lleva a uno por barrios pobres de las afueras de Medellín, miradores que tienen una vista espectacular sobre el Valle de Aburra –en el que se asientan la metrópoli y sus ciudades satélites-, precipicios enormes donde los deportistas practican parapente y, al final, a una extensa planicie de pastos, ganados y vegetación propia del clima frio. La carretera es típica de las de la región: estrecha, carece de berma por donde los caminantes puedan ir con cierta seguridad y que dé margen de maniobra a los conductores en apuros,  carece de cuneta para el desvío de las aguas lluvias así como de muros de contención en los  taludes internos y externos que minimicen el impacto de los elementos, y no tiene señalamiento sobre el piso o a la orilla para regularizar el tráfico .

Más cerca de Medellín, en el municipio satélite de Bello, se encuentran los Charcos de Niquía. Un riachuelo arisco, que baja por los quiebres de una montaña alta y escarpada, ha creado una serie de remansos de profundidad variable entre las rocas de su lecho, con pequeñas cascadas que se forman a medida que las aguas descienden de remanso en remanso. Uno llega a ellos caminando por senderos muy estrechos abiertos en la ladera de la montaña.  La vista es imponente, las aguas frías, limpias y claras. Un par de generaciones atrás este era un lugar de recreo que compartían las clases baja y media. Hoy las clases medias prefieren la reserva y circunspección  de los clubes privados y las instalaciones de los hoteles campestres. Las clases bajas tienen para sí un lugar bello y muy ameno. Allá estuve con mis amigos de clase media, por supuesto, y lo disfruté.

En las montañas que cierran al oriente el paisaje de Medellín se encuentran los manantiales y corrientes de agua que alimentan el acueducto de la ciudad. Las empresas públicas municipales han comprado los terrenos aledaños a las vertientes de agua y los han consolidado en una unidad territorial llamada parque Arví. La administración del parque lo ha desarrollado como un lugar turístico donde los visitantes pueden hacer caminatas por los múltiples senderos que lo cruzan o participar en deportes de varios niveles de peligro y esfuerzo. Yo lo visité en compañía de un ingeniero agrónomo con quien hice una caminata de dos horas, por antiguos caminos construidos por los nativos antes de la llegada de los españoles y reparados por ingenieros contemporáneos, mientras hablábamos unas veces de la flora local y otras de la evolución del pensamiento científico. Es cosa de intelectuales colombianos aprovechar el tiempo procesando ideas.

Para llegar al parque Arví uno toma un teleférico que es parte del sistema integrado del metro y lo lleva a uno hasta la mitad de las montañas que encierran a Medellín por el oriente, en medio de barrios muy pobres. A falta de este sistema los trabajadores empleados en la ciudad tendrían un viaje interminable por caminos y calles serpenteantes construidos en las laderas. Luego uno toma otro teleférico que lo lleva por encima de la cuchilla de la montaña y sobre una hondonada de altura hasta una meseta donde están asentadas las oficinas administrativas del parque y las áreas de llegada del público. Las canastas en que viajan los pasajeros se mueven a alturas de vértigo. Es una obra de ingeniería admirable por el diseño, las demandas técnicas del sistema y las condiciones del terreno. La ciudad se ve inmensa y poderosa a los pies del viajero.

Para completar la vista de la misma subí con otro amigo a la cuchilla de las montañas que la ciñen por el occidente en otro teleférico también conectado al metro. Una obra de ingeniería igualmente admirable. Los guías que tuve en ambas ocasiones me ayudaron a identificar las zonas industriales y residenciales, los barrios de las clases altas y medias, donde se vive con relativa seguridad, los barrios obreros donde se vive con cierto sobresalto y las franjas de miseria y violencia. Desde las canastas del teleférico uno ve la brecha que separa a los que viven muy bien de los demás y vislumbra los dilemas que podrían enfrentar las elites locales si tuvieran un momento de despotismo ilustrado[i]. Uno ve tanto dinamismo, tanto potencial, tanta capacidad de trabajo, tanto esfuerzo para vivir y progresar que piensa con las ganas: Este pueblo debería buscarse mejores elites.

Luis Mejía –  de enero del 2013
Publicado en blogluismejia.blogspot.com


[i] La Real Academia Española define el despotismo como “Política de algunas monarquías absolutas del siglo XVIII, inspirada en las ideas de la Ilustración y el deseo de fomentar la cultura y prosperidad de los súbditos”. En mi opinión Colombia todavía se puede beneficiar de esta manera de ejercer el poder aunque algunos crean que ya estamos en el siglo XXI .

Monday, January 21, 2013

EXTRANJERO EN SU TIERRA: EL RETORNO DE UN COLOMBIANO - VIII



Día 8: De Paseo Por Medellín

Viejo barrio,
Perdoná si al evocarte
Se me planta un lagrimón,
Que al rodar en tu empedrao
Es un beso prolongao…
Tango de Battistella y Le Pera

Yo voy a Medellín como en un viaje a través del tiempo a ponerme en contacto con mis ancestros. Mis abuelos salieron de La Ceja y Rionegro por allá en los años veintes y treintas del siglo pasado para irse primero a Risaralda y luego al Quindío. En el Quindío echaron raíces y nunca pensaron en regresar a sus patrias chicas con la noción de que patria es donde le va bien a uno. De ellos heredé una visión idealizada de Antioquia que es difícil reconciliar con la realidad de los últimos 40 años, pero ello no importa pues Antioquia actúa como el motorcito que lo pone a uno a andar por el mundo con mente alerta, corazón abierto y actitud pronta a aprovechar la oportunidad que se presente para seguir andando. Además, de la abuela materna heredé el cariño que nunca se ha enfriado y la hospitalidad siempre generosa de las primas que viven en la ciudad.

Medellín es una ciudad de grandes contrastes sociales y culturales, muy similar a otras grandes ciudades del país.  En cosa de minutos uno pasa de barrios de exquisita belleza a vecindarios de abrumadora fealdad, de áreas diseñadas con elegancia y esmero a otras de construcción improvisada, de entornos redolentes de inmensa riqueza privada a entornos de abyecta miseria. 

El centro de la ciudad es un hormiguero de gente en constante movimiento que hace difícil caminar y produce en algunos visitantes forasteros una sensación de inseguridad y peligro. En lugares más residenciales y áreas comerciales menos congestionadas el peatón tiene que competir con el tráfico automotor por un lugar en las calles. Hay numerosos centros comerciales con gran variedad de mercancías y servicios que combinan la funcionalidad del mundo desarrollado con el sentido de la decoración de los nativos de clase media y alta y donde uno está aislado de las muchedumbres que llenan el centro de la ciudad.

Las calles, en contraste con las de Bogotá, están en buen estado. Pero en los vecindarios más nuevos, igual que en Bogotá, se ha ignorado completamente la existencia del peatón. Los diseñadores urbanos no anticiparon andenes, ni áreas de cruce en las intersecciones de las calles o en las avenidas de circulación rápida, ni paraderos de buses que den protección a los pasajeros. En un país donde la mayoría de la población anda a pie y usa transporte público, especialmente la servidumbre que trabaja en las casas de los pudientes, esta es una negligencia que para mí bordea lo criminal.

El metro es una obra de la que están muy orgullosos los paisas y con razón. Es bella, eficiente, bien mantenida. Ellos prefieren no hablar del costo que tuvo construirla y de cuánto más se hubiera podido construir con el mismo dinero. Los rieles del metro corren paralelos al río Medellín en algunos tramos. El río fue canalizado hace muchos años y con el tiempo la administración municipal construyó un parque con árboles, flores, zonas verdes y caminos peatonales en lo que fueron sus riveras. El paisaje desde el nivel del metro es muy atractivo. Uno se siente tentado a caminar por el parque. Es tentación que uno debe resistir. La ciudad no ha logrado eliminar completamente el uso del río como vertedero de aguas negras y de su cauce se levanta un vaho de materias fecales.

Los habitantes de Medellín se preparaban para dos conciertos de Madonna que tendrían lugar el 28 y 29 de noviembre. En anticipación de los turistas que esperaban del resto del país y de los países vecinos y para darles un buen recuerdo del que pudieran hablar al regresar a sus casas las autoridades locales adelantaron la iluminación pública navideña de la ciudad.

Saturday, January 19, 2013

EXTRANJERO EN SU TIERRA: EL RETORNO DE UN COLOMBIANO - VII



Día 7: Cabalgata En La Ciudad

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fué porque Dios es bueno.
Rubén Darío

Armenia celebra el aniversario de su fundación en octubre. Para ello las autoridades y varias organizaciones de voluntarios preparan un extenso programa de diversiones populares, la más importante de las cuales es la cabalgata. En el Quindío, como en el resto de la zona bajo influencia antioqueña, hay un fanatismo por el caballo y en especial por el caballo de paso criollo. Es herencia de la época en que no había carreteras y todo transporte y comunicación dependía de mulas y caballos. Aunque el buey de carga fue también parte de esa historia –y de ello hubiera podido dar testimonio mi abuelo Luis Mejía Uribe, de profesión arriero que ejercía con yunta de bueyes- no despierta las mismas emociones y lealtades que el caballo. Todo dueño de finca quiere tener un caballo de monta y anticipa las fiestas del pueblo como la oportunidad de mostrarlo. La riqueza inmensa acumulada por los narcotraficantes y  los contratistas y burócratas oficiales que roban al estado ha distorsionado el mercado de tierras y de caballos de paso y aumentado el valor de estos como símbolos de status.

La cabalgata de Armenia este año hizo un largo recorrido de sur a norte de la ciudad bajo la dirección de la Policía Montada, cuyos caballos gigantescos, gruesos y fuertes ayudaban a controlar el tránsito de los gráciles y delicados de los finqueros. Para un buen observador de estilos y maneras de las clases sociales la cabalgata es un momento inolvidable de cómo se presentan e interactúan los diferentes estamentos sociales de la región. Los que han tenido plata toda la vida, nacidos a caballo y con cucharita de plata, los que la acaban de adquirir, los que la están adquiriendo, los que ya no la tienen pero les queda un caballito viejo y flaco, los que salen a mostrar plata ajena, andaban juntos pero no revueltos como dice el dicho popular. 

Chalanear un caballo en el lenguaje antioqueño es el arte de montarlo con elegancia y aplomo, de dominarlo sin lastimarlo, de hacerle lucir la estampa, el paso y el garbo. De eso poco se vio en esta cabalgata y cuando se vio se debió en la mayoría de los casos a la gente que nació rica, lo que es entendible pues como se sabe hay cosas que solo se aprenden en la cuna. Aunque el Quindío es tierra de mujeres bellas y uno hubiera querido verlas chalanas en un caballo igualmente hermoso de eso tampoco se vio mucho. Mujeres de cuerpos artificialmente mejorados, enjoyadas y ricamente enjeaezadas las había, a horcajadas en caballos hermosos y de pobre rienda, ellas también convertidas en símbolos de status.

Yo no tengo caballos. Mi familia dejó de tenerlos hace muchos años. Pero conservo por ellos el amor, el respeto y la admiración que les tuvieron mis antepasados que dependían de ellos para su prosperidad, su bienestar y su movilización. Mis abuelos y mis tíos se referían a ellos como nobles brutos o bestias nobles; para ellos las palabras bestia y bruto referidas a un caballo no tenían el significado normal de ser vil, bajo o carente de inteligencia. Mis abuelitas decían con frecuencia: ni al amigo ni al caballo hay que cansarlo.

Me vinieron a la cabeza estas memorias porque en la cabalgata había tres cosas que me parecieron humillantes, degradantes, maltratantes para los caballos. Primero, el amontonamiento en que son obligados a andar, testa contra ijar, costado contra costado.  Los caballos necesitan mantener la distancia, tener su propio espacio. Y las cualidades de los caballos de paso solo se aprecian adecuadamente cuando andan en cuadrillas pequeñas. En los potreros ellos no andan en manada cerrada sino cuando corren juntos y aun así sus cuerpos no se tocan. Segundo, la larga caminata sobre piso de cemento es una tortura para animales cuyos cascos son hechos para andar sobre tierra. Y tercero, lo peor a mi manera de ver, los jinetes borrachos o emborrachándose sobre el caballo. Eso es exactamente lo que mis abuelitas dirían que no se hace ni con el amigo ni con el caballo pero que las bestias bípedas que los mal cabalgan encuentran natural para proyectar una imagen de poder y riqueza que solo impresiona a quien lo hace y a sus pares.

Luis Mejía –  19 de enero del 2013
Publicado en blogluismejia.blogspot.com

Thursday, January 17, 2013

EXTRANJERO EN SU TIERRA: EL RETORNO DE UN COLOMBIANO - VI



Día 6: Armenia, Una Ciudad de Parques Bellos

Este es el jardín donde el contacto
Con la tierra me aferra a la vida,
El jardín en el cual en tardes como esta,
La noche, ese pájaro
De alas oscuras, me sorprende
Como una flor que cierra sus pétalos…
Jaime Manrique

El Parque de los Fundadores fue creado para honrar la memoria de los primeros pobladores de la ciudad. Es un terreno en forma de islote alargado que divide la Avenida  Bolívar, una de las vías arterias de la ciudad, en dos calzadas; mide cerca de cuatro cuadras de largo y una cuadra de ancho en su punto más amplio. Desde el principio el parque fue una mezcla de arboleda y prado con senderos peatonales a lo largo y ancho. Es un lugar ameno que  combina con imaginación y gusto una variedad de plantas cuyos nombres y usos uno quisiera ver descritos en marcadores y marbetes para información de quienes hemos olvidado las ciencias del monte.

El parque fue construido para alojar el monumento a los fundadores que consiste en un hacha gigantesca sobre la cepa de un árbol mutilado y que recuerda a los invasores de tierras que a fines del siglo XIX y principios del XX y a puro músculo tumbaron la selva virgen que cubría la región. En esa época las únicas herramientas para tumbar arboles de tres pisos de altura y cuatro brazas en redondo eran el hacha de hierro y el músculo del hombre. Al tiempo de su construcción el  monumento fue puesto a la entrada del cementerio municipal viejo, sobre la carrera 18 casi frente a la Iglesia del Carmen, por muchos años el segundo espacio público más importante después de la Plaza de Bolívar.

En ese entonces la vida política y cívica de la ciudad giraba alrededor de las campañas electorales y las celebraciones de eventos que marcaron la vida de la ciudad. Los balcones de las casas privadas que daban sobre la Plaza de Bolívar servían de  tribuna a los políticos. El entierro de personas importantes y los actos en honor de los muertos del pasado se acompañaban de discursos frente al mausoleo de estos o en la explanada del cementerio de manera que los concurrentes por fuerza desfilaban frente al monumento a los fundadores. Después la diócesis de Armenia, administradora del cementerio a nombre del pueblo creyente, vendió esos terrenos sin hacer consulta popular ni rendir cuentas del destino que se dio a los dineros que recibió a cambio, y sobre ellos se construyó una terminal de transporte. En el terremoto de 1999 se cayó la Iglesia del Carmen, una imponente mole de ladrillo rojo reemplazada con un edificio que no es ni bello ni imponente.

El monumento fue removido del cementerio y trasladado al Parque de los Fundadores en época del presidente Valencia. El presidente mismo y el senador Luis Granada Mejía, formidables oradores ambos, marcaron el acontecimiento con discursos que conmovieron a toda la ciudad. Inicialmente el monumento estuvo localizado en un lugar prominente en el extremo sur del parque para ser luego trasladado a un costado del  mismo donde ha quedado oculto en la arboleda.

El Parque de la Vida es hermoso. Está situado en la parte nororiental de la ciudad, en terrenos que fueron del ancianato y orfanato regentado por las monjas vicentinas, una orden religiosa católica dedicada al cuidado de los enfermos y los desvalidos, la misma que manejó el hospital público desde su fundación. Las autoridades ordenaron el cierre del asilo de ancianos y huérfanos pobres y las monjas perdieron el control del hospital público cuando la ciudad se vio grande y rica como si ya no hubiera pobres y desvalidos que necesitaran si no de la beneficencia gubernamental al menos de la caridad de los  cristianos. Coincidieron estos cierres con el entendimiento adquirido por las autoridades de que negociar con contratistas privados era más lucrativo que negociar con órdenes religiosas.

Este parque fue  construido en el cañón formado por un riachuelo que corre paralelo a la ciudad y que en el pasado fue vertedero de aguas negras y hoy  corre limpio en gran parte de su curso, manso en temporadas secas y arremolinado y caudaloso en épocas de lluvia. Los diseñadores trazaron senderos peatonales que suben y bajan cortando la ladera por entre un bosque natural muy similar al que debieron encontrar los primeros colonos que llegaron a la región. Aves e insectos de muchos colores viven en arboles inmensos, de dos o tres pisos de altura y copas de varios metros de ancho, guaduales, helechos, plantas parásitas pegadas de los troncos y hierbas que crecen en los barrancos. Como los senderos siguen la curva del terreno el caminante va descubriendo una infinidad de pequeños ambientes de rara belleza y una variedad de vistas y perspectivas fascinantes y sorprendentes. Uno va desde el borde del riachuelo donde no llega rayo de sol hasta el filo del cañón donde ve la copa de los árboles a los pies.  El mejor momento para visitarlo es hacia el final del día, cuando la luz solar, filtrada por la fronda de los árboles, cae en un ángulo que resalta contrastes y define volúmenes, creando una atmosfera de misterio y suspenso.

Desafortunadamente en el parque tienen desmesurada influencia arquitectos, constructores y funcionarios públicos desprovistos de sentido estético. Varias construcciones destinadas a albergar juegos infantiles, instalaciones deportivas, herramientas y materiales de mantenimiento se levantan como orzuelos arquitectónicos en los lugares más inesperados. Mientras en el resto del mundo arquitectos, paisajistas y diseñadores han inventado una arquitectura que se adapta y amolda al entorno para no crear contrastes bruscos y desagradables, en el Parque de la Vida han hecho lo contrario.

No se les ha ocurrido a los encargados del parque que los visitantes pueden utilizar alguna información sobre horas  de apertura y cierre, orientación dentro del parque e identificación de la flora y, en consecuencia, no la han hecho disponible.

Hay también al norte de la ciudad un museo liliputiense de orfebrería precolombina situado en medio de un pequeño parque suntuoso, a varios niveles, cruzado por caminos y canales de agua en adobe, con árboles y palmas nativos cultivados con amplia distancia entre sí. Esto crea un efecto etéreo, da a los arboles una cualidad individual, una presencia única. El edificio que aloja la colección de objetos de oro y el parque en que se asienta fue diseñado por Rogelio Salmona, un arquitecto nacional reconocido por la originalidad de su trabajo quien logró en este lugar una pequeña obra maestra reminiscente de los jardines que dejaron los árabes –y sobrevivieron la barbarie de los cristianos- en España.

Luis Mejía –  18 de enero del 2013
Publicado en blogluismejia.blogspot.com

Wednesday, January 16, 2013

EXTRANJERO EN SU TIERRA: EL RETORNO DE UN COLOMBIANO - V



Día 5: Armenia, Una Ciudad de Parques Feos

…le importa un higo
la miseria del redil.
Y yo, desde mi ventana,
limpiando mi fusil, me digo:
-¿Qué hago con este fusil?
Luis Carlos López

Armenia, como muchas ciudades colombianas fundadas antes del siglo XX, ha sido una ciudad de pequeñas plazoletas arboladas que llaman parques. Por muchos años el diseño y decoración de estos estuvo a cargo de la Sociedad de Mejoras Publicas  y el Club de Jardinería, entidades formadas por voluntarios que se encargaban de proyectos cívicos, culturales y de embellecimiento de los espacios públicos en coordinación con las autoridades municipales y que ocasionalmente recibían una remuneración nominal por sus esfuerzos. Estas organizaciones aunque no siempre poseedoras de experiencia técnica tenían un orgullo del trabajo bien hecho que las hacia dedicar innumerables horas a documentarse, indagar, consultar expertos y planear obras que causaran admiración y respeto entre sus conciudadanos. Era costumbre en ese entonces poner en los parques una placa donde se mencionaban con nombre propio los funcionarios y entidades de voluntarios que participaron en el esfuerzo de crearlos. 

Con el crecimiento de la base tributaria, el enriquecimiento consiguiente del  fisco y la pérdida de la moral pública, las autoridades locales comenzaron a contratar el diseño y mantenimiento de los parques con entidades comerciales privadas que suplían su falta de conocimiento de las artes de jardinería y arquitectura recreacional urbana con un conocimiento profundo de las debilidades y necesidades personales de los funcionarios encargados de firmar los contratos. Esto dio lugar al aparecimiento de espacios urbanos mal diseñados y peor terminados de los cuales, con entendible diligencia, han hecho desaparecer las placas con los nombres de quienes participaron en su creación.

La Plaza de Bolívar ha sido el centro geográfico de pueblos y ciudades de Colombia desde poco después de las guerras de independencia a principios del siglo XIX. La de Armenia tenía una estatua del Libertador en la mitad y árboles y senderos que la cruzaban en todas direcciones. Allí se hacían las manifestaciones y protestas populares más importantes y de los balcones de las casas que la rodeaban echaban sus discursos los políticos en campaña.  La rodeaban la iglesia principal, la casa cural, el teatro, el hotel y las casas de dos pisos de las familias importantes.

La iglesia de hoy es un hangar de valor arquitectónico indiferente si no positivamente feo, de inmensa puerta abierta sobre la plaza y con espacios perdidos a los lados que acaban de llenar la manzana. Es un orzuelo arquitectónico que ni impresiona por su majestuosidad ni invita al recogimiento. En la cuadra del lado está el edificio de la gobernación del Quindío, inmensa mole de cemento y vidrio desprovista de originalidad y belleza. Cierran la plaza otras dos cuadras de edificios privados igualmente inanes. La plaza misma está dividida en dos partes: un espacio vacío, de piso de cemento, frente al edificio de la gobernación, donde se levanta, delgado y muy alto, un pedestal donde algún contratista horro de sentido estético trepó una estatua del Libertador Bolívar, diminuta y ridícula vista desde el piso y, en el extremo opuesto, una zona estrecha, con árboles y palmas ceñidas al nivel del piso por estrechos anillos metálicos que estuvieron a punto de ahogarlas. Oculta por las frondas de árboles y palmas quizá el mismo contratista dejó abandonada una escultura majestuosa del colombiano Rodrigo Arenas Betancourt.

El Parque Sucre al norte de la Plaza de Bolívar  y el Parque Uribe al sur -el primero en honor del general venezolano que comandó los ejércitos colombianos en las guerras de independencia del Ecuador, Perú y Bolivia y el segundo en honor del abogado liberal que participó en la guerra civil de los Mil Días y dirigió una facción socializante de su partido en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX- a 7 u 8 cuadras en direcciones opuestas de la Plaza de Bolívar, tenían el tamaño de una manzana normal. Árboles muy numerosos proyectaban sombra sobre el suelo y había senderos que los cruzaban en todas direcciones. De ambos tengo recuerdos personales.

 En el costado sur del parque Sucre vivieron por muchísimos años mis abuelos maternos, en una vieja casona de dos pisos cuyas ventanas se adornaban de flores frescas para celebrar el paso de la Soledad en la procesión del viernes santo y se iluminaban con velas en la noche decembrina del alumbrado. En sus corredores interiores marcaban el paso del tiempo dos relojes de armario que en mis temores de niño parecían caminar toda la noche. En el costado oriental del parque Uribe un primo de la abuela vivía en casa colindante con la de un primo del abuelo.

El Parque Uribe conserva rezagos de su diseño original: una abundancia de árboles imponentes a los que solo falta un marbete con el nombre y características. Sería una ayuda educativa para una población que ha crecido sin el conocimiento íntimo del campo que tuvieron los pobladores de la ciudad dos generaciones atrás.

El Parque Sucre contiene hoy media docena de árboles aislados, entre ellos el carbonero de la esquina suroriental que según la tradición familiar fue plantado por mi abuelo al frente de su casa, y una plataforma de cemento con un hueco grande lleno de agua. En los costados norte y occidental se ha querido crear una zona peatonal con pequeños restaurantes y cafeterías que invaden la calle y obstaculizan la circulación de los caminantes. Al decir de un observador, este parque parece diseñado como la esquina muerta de un centro comercial. Un pequeño bulto informe que parece hecho de plastilina por estudiantes sin talento ha reemplazado un bronce de estilo clásico que representaba al mariscal Sucre. Como el mariscal mismo, el busto original ha desaparecido a manos de criminales anónimos cuyo nombre sospecha toda persona bien informada y sabe todo pillo.

El Parque Cafetero, tres cuadras al suroeste de la Plaza de Bolívar fue inicialmente un lugar de fuentes, arbustos, prados y jardines. Hoy es un espacio de cemento, muros y rampas interrumpidos por un arbusto ocasional. Son dos manzanas de espacio urbano sin concepción identificable de lo que es un espacio abierto destinado a la distracción y descanso de los vecinos.

La multitud de edificios y espacios públicos sin atributos arquitectónicos que uno encuentra en la ciudad lo llevan a aceptar como una realidad ineludible que  las autoridades locales y sus contratistas profesan un amor inmenso a la fealdad y que con liberal abandono de fondos públicos andan dejando testimonio de ello en todas partes.

Al mismo tiempo algunas de las construcciones que anclan la memoria colectiva sufren el abandono y negligencia de las autoridades y de la gente misma que debería cuidarlas. Pienso, por ejemplo, en la iglesia de San Francisco, de ladrillo desnudo, construida a un costado de lo que fue la plaza de mercado hoy desaparecida. Cuando los frailes franciscanos llegaron a Armenia escogieron para su trabajo pastoral la esquina menos atractiva y prometedora del pueblo. Construyeron la iglesia en una esquina, con la puerta principal mirando a la plaza de mercado y una puerta lateral que llamábamos la Puerta del Perdón pues como daba sobre la zona de tolerancia por ella entraban las prostitutas, borrachos, tahúres, limosneros, en busca de dios y sus ministros. 

Por muchos años los frailes fueron respetados por su pobreza obvia, su dedicación a las necesidades de sus vecinos, su fe sin complicaciones, su comportamiento caritativo. Mucha gente, incluyendo mis abuelos, venía de otras partes de la ciudad para los servicios litúrgicos de las fiestas de guardar. Pero todos sabíamos que esta era la iglesia de los sectores más desamparados de la sociedad y que quienes venían de afuera lo hacían para sostenerla con sus limosnas.

Me causó una gran impresión pasar por frente a la iglesia y ver sus puertas cerradas y los vanos y recesos del edificio encerrados con inmensas rejas intimidantes. Le conté al taxista con quien andaba mis recuerdos sobre el lugar y le dije que las rejas que cercan la iglesia que fue de los pobres y las putas me producían una incomodidad grande como si trataran de darme un mensaje sobre la sociedad en que nos hemos convertido. El taxista me dijo: los curas tuvieron que hacerlo porque la gente se estaba robando los objetos del culto y violando las cajas de la limosna, pero yo sé lo que usted quiere decir y es que cuando hay que ponerle seguro a la iglesia de los pobres y las putas es porque al pueblo se lo ha llevado el putas.


Luis Mejía – 16 de enero del 2013
Publicado en blogluismejia.blogspot.com